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lunes, 20 de agosto de 2012

Otro asesto al periodismo independiente

Después de dos semanas de vacaciones en el extranjero, perdida en las montañas y playas circundantes al Rif, llegar a España para leer los periódicos y actualizar el blog se había convertido en una de las actividades que más deseaba realizar. El primer interrogante es claro: ¿sobre qué asunto quiero yo escribir? Las posibilidades se alzan casi ilimitadas.

La economía sigue siendo primer plano: el banco malo es un hecho, el Ibex ha alcanzado al fin los 7.500 puntos básicos, la prima de riesgo ha conseguido caer por debajo de los 500 puntos y el Gobierno espera ansioso el rescate. En la política internacional, Assange comparece junto a Garzón, EE.UU. comienza una campaña electoral candente, la situación en Siria no sólo no mejora sino que cada día se agudiza una guerra civil donde sus actores son cada vez más obstrusos, en Afganistán se suceden los atentados contra convoyes extranjeros, y la libertad de expresión en Rusia solo refleja la cara de la censura. Y mientras, en España, todos los debates giran en torno a la excarcelación de Uribetxeberria y las relaciones del Gobierno con los presos de ETA, quizás para que la opinión pública no conjeture respecto a los nuevos ajustes que Rajoy deberá realizar para obtener el rescate.

El tema que más puntos obtenía para escribir sobre él se centra en la libertad de expresión: tres de las Pussy Riot han sido condenadas a dos años de cárcel por una canción subversiva contra Putin, suceso que revela la voluntad censora del Gobierno ruso respecto a la disidencia. Sin embargo, esta mañana he visto en Twitter una noticia de Telecinco que me ha dejado impactada: Basagoiti defiende el "periodismo independiente" de Ana Pastor. De ahí he deducido que la periodista dejaba los informativos, así que presta a investigar he descubierto que el pasado 3 de agosto Ana Pastor fue cesada de Los Desayunos de TVE.

El sentimiento que me ha embargado es de tristeza absoluta, puesto que el panorama periodístico en España es cada vez más negro, y la desesperanza de los que ansiamos dar cobertura informativa en estos momentos que tan necesaria es va extendiéndose a lo ancho y largo de nuestra minada capacidad de acción. La pluralidad informativa se encuentra tapiada, y el panorama laboral cada vez más enclaustrado y obstruido, menos libre. El periodista en España no trabaja para el público, sino para la oligarquía que ostenta el poder.

Cuando el Partido Popular ganó las elecciones el pasado noviembre, ya se sabía que Ana Pastor no duraría mucho tiempo en Los Desayunos de TVE, ya se conjeturaba sobre su futuro profesional. Los meses fueron transcurriendo y ella siguió trabajando como siempre, dando qué hablar gracias a las preguntas incómodas dirigidas a sus entrevistados, cuestionándolo todo, interpelando con una profesionalidad sublime. Al PP esta actitud le hacía sentir incómodo, le hacía sentir atacado, en parte quizás por esa arrogancia que ha ido demostrando los últimos meses, por esa prepotencia que le ciega y gracias a la cual no es capaz de ver que no es el único en escena, que no posee la exclusividad del cuestionamiento de sus acciones. Existen más partido políticos, más agentes sociales, más personalidades públicas que han ido a Los Desayunos a defender sus posturas bajo el mismo rasero, pero eso al Partido Popular parece no interesarle, se convierte en nimio; al fin y al cabo, la profesionalidad periodística no renta en tiempos de crisis económica.

Vivimos en un país en el que el periodismo no es un arma de contrapoder, no es un regulador que mide la salud democrática, no es un contextualizador histórico, ni siquiera es una potestad social. Vivimos en un país en el que el periodismo es un arma de perpetuación política, un blasón propagandístico y servil que se escuda en defender los intereses del poder y legitimar los errores automatizados y los vicios heredados del caciquismo decimonónico. 

Vivimos en un país en el que la mayoría de la prensa actúa como órganos de partido, en el que la banalidad reina en la televisión, en el que la ignorancia se extiende con forma de cultura patria, en el que la disconformidad se tacha de extremismo antisistema y en el que las inquietudes se travisten de pedantería. Vivimos en un país en el que triunfa el corrupto, se evade al ladrón, se alaba al incompetente, se premia al lisonjero, se embiste al indefenso y se cesa al que tiene voz para denunciarlo. En definitiva, vivimos en un país que no es España, sino que ñapa es.

El cese de Ana Pastor en TVE es un duro golpe al periodismo independiente, combativo y ejercido con profesionalidad, y el problema no radica en el asesto en sí, sino en que éste hila con una cadena de bandazos informativistas que no cesa de prolongarse. Sin embargo, hay hechos que hacen ver la luz al final del túnel: que Basagoiti, político de un partido tan corporativista como el PP, sea capaz de elogiar el trabajo de Ana Pastor y de criticar la politización del ente público constituye no sólo una postura loablemente atrevida, sino que además supone una actitud honesta de un miembro de la casta política, y esa actitud que actualmente brilla por su ausencia es, quizás, la luz al final del túnel.

No hay que olvidar que las elecciones vascas se aproximan y cualquier declaración política está íntimamente estudiada, aunque yo, personalmente, prefiero confiar en la integridad de Basagoiti (el presidente del PP vasco me ganó un poquito con sus declaraciones sobre la polémica desatada por Aguirre respecto a la final de la Copa del Rey). De la misma forma, no hay que olvidar que el tiempo ha de poner a cada uno en su sitio, por lo que confío en que Ana Pastor pronto esté ejerciendo una profesión que tan carente de periodismo -real- se encuentra.

viernes, 30 de marzo de 2012

Huelga general y La Razón del movimiento obrero

Nadie se pone de acuerdo respecto a la incidencia y participación en la huelga general de ayer, 29 de marzo: el Gobierno cree que el impacto fue "muy moderado" mientras que los sindicatos tildan la huelga de "éxito indiscutible". Ante este cruce de manifestaciones yo me quedaría con el titular de 20minutos: "Huelga general a medias... pero gigantescas protestas".


Para consultar las opiniones más dispares respecto al seguimiento de la huelga, basta con visitar las páginas de ABC, El País, La Razón, Público, Expansión o Cinco Días, y darse cuenta de que es imposible saber a ciencia cierta qué es lo que pasó ayer. Como he escrito antes, yo me quedo con la crónica de 20minutos, que describe una huelga a medio gas pero unas manifestaciones masivas. Sin embargo, creo que lo significativo no es la huelga en sí, sino el tratamiento informativo que ha incidido en la creación progresiva de un grupo social ascendente: el movimiento obrero de derechas.


El periódico que mejor representa el movimiento obrero de derechas en España es La Razón -Intereconomía es, posiblemente, más ultra, pero está dirigido a una capa social con un poder adquisitivo mayor, y aunque la posesión de un canal de televisión hace que su incidencia penetre en más hogares, la línea editorial se dirige a clase media-alta-. 


En los movimientos obreros del siglo XIX y principios del XX, durante los cuales se conquistaron la mayoría de los derechos de la clase de trabajadora, la lucha se llevaba a cabo en función de la capa social a la que se pertenecía. En las reivindicaciones contra los patronos lo único que se exigía eran condiciones laborales justas, salubres y seguras, con una remuneración equitativa a la labor desempeñada. En principio, eso es lo que se reivindicaba ayer: la no precarización del asalariado y equidad de fuerzas entre empleador y empleado. Sin embargo, la huelga de ayer era una "huelga política", según habían sentenciado periódicos como ABC o La Razón.


Lo de la huelga política es una definición que viene de la derecha para (no) movilizar a sus votantes de clase media-baja, con el fin de que acudan a sus puestos de trabajo reafirmándose en que la huelga es malo para España. Por eso han identificado el movimiento obrero con la izquierda, para que la derecha de a pie no se junte con perroflautas, sindicalistas y demás gentes de poco merecer. Sin embargo, la huelga de ayer no era cuestión de izquierda, sino cuestión de clase, ya que aunque suene decimonónico hablar de clases sociales, está claro que en un país donde el salario medio son 15.500 euros anuales, el 60% de la población es mileurista y el conjunto de empresarios ganan más que el conjunto de todos los asalariados, la división en clases sociales es una realidad en España.


El gran problema es que ese falseamiento de la realidad no está castigado, y consigue cumplir su cometido. Lo que le viene bien a España no es trabajar en día de huelga, como instó ayer La Razón, porque eso le viene bien a los empresarios españoles. Lo que le viene bien a España es que la igualdad social sea una realidad y que el Estado de Bienestar sea efectivo. Lo que le viene bien a España es que la reforma laboral no se cargue de un plumazo todos los derechos de los trabajadores, y lo que le vendría bien a España es, especialmente, que las conquistas sociales afecten únicamente a los que luchan por ellas, porque así las movilizaciones aumentarían notablemente. 


Me niego a creer que cualquier trabajador o trabajadora que haya leído la reforma laboral esté de acuerdo con ella. Es absolutamente imposible que un mileurista con 35 años y un contrato temporal esté de acuerdo con la reforma laboral, por muy de derechas que sea. Si está de acuerdo con la reforma es por una única razón: no se la ha leído, no creo que nadie sea capaz de tirar piedras contra su propio tejado por voluntad propia.


Y siguiendo con el hilo con que comencé de la entrada de estos conductores de mentes que politizan la huelga para (no) movilizar a sus lectores, ejerciendo para ello un periodismo sin ética que supone la vergüenza de la profesión, voy a citar únicamente la gran incongruencia que recoge hoy en sus páginas La Razón: el fracaso de la huelga general y su coste económico. La portada de este diario define la jornada como "laborable", es decir, establece un seguimiento prácticamente nulo de la huelga, a la vez que recoge que el coste del día de huelga supondrá un aumento de una décima del déficit (unos 1.200 millones de euros). ¿Cómo es posible que la huelga sea un rotundo fracaso y, a la vez, genere una pérdida de más de 1.000 millones de euros? Si toda la gente fue a trabajar y nadie secundó la huelga, ¿a qué se achaca una pérdida tan elevada de ganancias?


Por cierto, uno de los argumentos que defiende el fracaso de la huelga es que el consumo eléctrico fue mayor al de las dos huelgas anteriores (20 de junio de 2002 y 29 de septiembre de 2010), pero en ninguna parte de la noticia explica que algunos Ayuntamientos gobernados por el PP, como Madrid o Jaén, encendieron las farolas durante el día para falsear el consumo de electricidad. En esta caso... ¿quiénes vuelven a ser los que politizan la huelga?

viernes, 20 de enero de 2012

El poder selectivo de los medios

Hoy ha muerto Wilmar Villar, un disidente cubano que llevaba 50 días en huelga de hambre. La noticia aparece en portada de las webs de El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia y Público, y es portadísima y como primera y gran noticia en la web de Intereconomía. 

No le voy a restar importancia, porque es cierto que Wilmar Villar fue condenado en noviembre como preso político, y ante todo hay que defender los derechos humanos. No voy a defender el régimen Castrista aun siendo relativa simpatizante -alabo el trabajo que hizo Fidel en los años ´60 y ´70, pero la renovación política de su sistema es necesaria desde hace 30 años-, pero la actuación de los medios españoles respecto al mismo me parece vergonzante.

La crucifixión de la que es presa Cuba parte de un poder selectivo indecente. Se trata de atacar su sistema sin ningún miramiento, con una alevosa subjetividad combativa que hacen patentes las mismas técnicas propagandísticas y de influencia ideológica que a la vez critican. Y la hipocresía que se demuestra al llevar a cabo tal tratamiento periodístico debería ser objeto de algún tipo de sanción.

Sin entrar en valoraciones sobre el régimen Castrista, independientemente de su legalidad o no, es indudable que es objeto de una caza de brujas bascosa. Es inconcebible que se machaque de tal manera determinada política y que, a la vez, los medios se limpien las manos respecto a otras mucho peores -y digo peores por los resultados en cuanto a violación de derechos humanos se refiere-. 

¿Qué pasa con las dictaduras árabes? ¿Bashar Al Assad (Siria), Ali Abdullah Saleh (Yemen), El rey Abdullah (Arabia Saudí) o el que posteriormente fue el malo malísimo de Gadafi (Libia) son ultra defensores de los derechos humanos? ¿Cómo es posible que todos los medios se hagan eco censurando el régimen cubano a la mínima oportunidad, y al mismo tiempo todas las noticias relacionadas con dictadores de países poseedores de recursos petrolíferos se traten de una forma aséptica y anodina?

¡Ah, ya sé! ¡Es que el auténtico poder lo tienen los mercados, por lo que hay que machacar ideológicamente a Cuba porque no tiene recursos de los que EEUU y Europa puedan aprovecharse!

Como ya he dicho, no voy a entrar en si el régimen Catrista es laudable o no, pero creo que si hay motivos para censurarlo, hay motivos también para censurar otros regímenes que son mucho peores. A modo anecdótico, y centrándome en el tratamiento de los medios de determinadas informaciones, voy a relatar un pequeño suceso.

¿Recuerda alguien el seguimiento que se hace de los intentos de escape de la isla caribeña? ¿Recuerda alguien la movilización mediática que supuso el caso de Elián, "el niño balsero"? Pues bien, el pasado 25 de diciembre murieron nada más y nada menos que 38 personas en las costas cubanas. Que alguien adivine por qué la repercusión en España ha sido ínfima -por no decir nula-. Que alguien adivine por qué no se aprovecharon tales muertes para criticar el pauperismo al que se ve sometida la ciudadanía cubana. ¿Lo adivinan? Los 38 balseros no eran cubanos huyendo del régimen Castrista hacia Miami, sino que eran haitianos huyendo de la represión capitalista hacia Cuba. A partir de esto, que cada uno saque sus propias conclusiones

lunes, 9 de enero de 2012

El público lector necesita Público

Desde septiembre de 2007, momento en que el diario Público salió a la calle, he tenido varias fases en mi relación con ese periódico. Al principio lo acogí con entusiasmo, al fin un periódico de izquierdas dentro del panorama periodístico español, justo cuando El País empezaba a dar un "incomprensible" giro hacia la derecha en lo que a política internacional respecta ("incomprensible" hasta el momento de conocer que ese giro venía dado por el nuevo accionariado que a través de diferentes vericuetos inversionistas se hacía con el poder de Prisa). Después, he de reconocer, taché Público de demasiado radical. Pensaba que era diferente ser de izquierdas que ser colérico, feroz y crítico hasta con el más mínimo detalle.


Pero después de dio por interesarme de verdad por la política y la economía. Me dio por constatar a través de cifras, me dio por leer las noticias en diferentes medios para contrastar y ver las diferentes opciones informacionales, me dio por estudiar un poquito de teoría política y de teoría económica, y me dio por contextualizar a través de la historia lo que pasa a diario (siempre dentro de una perspectiva amateur, pues mucho, lo que se dice mucho, no sé de nada). Y en el momento en que empecé a entender un poco lo que leía, me volví más radical, y volví a abrazar a Público.


Volví a abrazar que un medio nacional ofreciera las noticias desde una perspectiva diferente, volví  a abrazar que lo que se denomina "comunicación de masas" fuese a la vez "prensa alternativa", volví a abrazar que un periódico del siglo XXI tuviese la actitud que tenían los de los años ´30: la verdadera actitud de la prensa, la voluntad de cambio, la defensa de derechos, la lucha por la consecución de mejoras, la voz crítica y la esperanza por algo mejor. Suena demagógico, lo sé, pero es que lo siento cierto. Y ya lo he dicho, cuanto más me informo, más radical me vuelvo.


Hoy he hecho un recorrido por los periódicos nacionales, y he leído lo de siempre. Periódicos económicos que lejos de ser socialdemócratas keynesianos van de la mano de las teorías del beneficio de Milton Friedman, y periódicos de información general que contienen auténticas arcadas con forma de noticia.


El Mundo y ABC, que apenas hablan de las corruptelas del PP, editorializan sobre la trama socialista en Andalucía. La Razón coloca a Báñez en primera plana para primar su postura frente a la que puedan tener los agentes sociales en materia laboral. Cinco Días defiende que el contribuyente medio tribute lo mismo que una multinacional. El Economista que augura sobre el Fondo de Reserva y se muestra comprensivo con la posibilidad de que el año que viene no se puedan pagar las pensiones. Eso hoy, pero es así todos los días. Y periódicos como La Gaceta que no me atrevo ni a mirar.


La derecha controla las autonomías, controla el Gobierno central, controla las empresas y controla las supuestas directrices que ha de tomar la fe. Con la desaparición de Público, la derecha controlaría también la práctica totalidad de la prensa convencional, y es eso lo que no debemos permitir. Sería imperdonable ver cómo se esquilma la única posibilidad de expresión que tiene alcance real y no hacer nada, repito: imperdonable. Si nos quitan lo único que nos queda, la voz, que es la bidireccionalidad informativa que legitima la democracia (en la que debe haber hueco para la pluralidad ideológica), nos quitarán la democracia misma, y ya vivimos en un país con una democracia lo suficientemente debilitada como para andar jugando con ella. 


#porquePúblicohacefalta

viernes, 2 de diciembre de 2011

El periodismo muerto

El fin del periodismo es un augurio que lleva copando los debates sobre comunicación no sólo los últimos años, sino las últimas décadas. Que ahora, mejor que nunca, seamos conscientes de que la información es tratada como un bien con objetivos rentables más que como un servicio público no significa que el periodismo aún esté vivo, ya que lo único que está vivo es el afán de lucro de aquellos que poseen los medios.
No quisiera desvirtuar la magia de esta profesión tan hermosa –siempre y cuando se sigan las directrices de la ética-, pero me atrevería a decir que, por lo general, la vocación periodística a lo largo de la historia sólo ha sido real en aquellos que aún no habían conseguido obtener un poder periodístico real. Que actualmente los fines del periodismo sean claramente no periodísticos no significa que antaño sí lo fueran, lo que pasaba es que no era de recibo que el público aceptase táciamente que le estaban vendiendo algo como lo que no era.
A partir del siglo XVIII, cuando se puede comenzar a hablar de periodismo como tal, la prensa se utilizaba como un arma política de doble filo: coacción de los que ostentaban el poder y ansia de libertad de los que lo anhelaban (para acabar coartando dicha libertad en caso de hacerse con el poder). En España, por ejemplo, el caso más claro viene en el siglo XIX de la mano de Espartero.
A nivel mundial, no fue hasta el siglo XIX cuando se comenzó a hablar de un periodismo serio, basado en una deontología profesional y utilizado como un bien común para ejercer el derecho a la información de todo ciudadano. Sin embargo, el liberalismo ya era un hecho y bajo el pretexto de la libertad de expresión se quisieron eliminar las protecciones estatales de los cables telegráficos para garantizar auténticos monopolios privados de dichas redes.
En el siglo XX, el de las ideologías, el periodismo fue una maraña de mentiras y propaganda que sirvió para manipular a las masas adormecidas, o quizás hastiadas de los conflictos internacionales, que terminaron creyendo aquello de que todo hombre tiene derecho a ser feliz en la Tierra y tiene las mismas posibilidades de ser lo que quiera.
Actualmente, nos damos cuenta de que los que ostentaron el poder en el siglo XVIII son los que se lo disputaron en el siglo XIX, nos hicieron creer que cualquiera podría ostentarlo en el XX para darnos un bofetón de realidad en el XXI. La pena es que antaño el periodismo se vestía de un traje más elegante, se le llenaba la boca al decir: “vamos a cambiar el mundo”, y ahora abarata costes en retórica para decir abiertamente: “lo único que me interesa es tu dinero, el que me otorgues como cliente o el que te expropie como patrón”.
Huelga decir que las pretensiones periodísticas de hace un siglo eran mucho más loables que las de ahora, por lo que la vocación hoy en día sigue siendo, en gran medida, convertirse en un Larra, en un Azaña o en un Prieto; pero en el mundo que nos ha tocado vivir no conviene soñar con que se llega a las nubes sin ser capaz de mantener los pies en el suelo, por lo que es una banalidad alegar que el periodismo está muriendo a causa de las macroempresas que solo lo son por lo que pueden obtener a cambio.
El periodismo murió desde que nació, puesto que el bien común sólo lo fue cuando resultó rentable. Ahora lo rentable es publicar noticias de redactores freelances que escriben para sentirse realizados a cambio de nada, sin titulación ni conocimientos sobre comunicación, o emitir programas de interés público deleznable, pero ése es otro cantar.
La única salida en la actualidad para ser fiel a uno mismo y para hacer periodismo de calidad está en el mismo lugar en el que se encuentra la guillotina comunicacional: la web. La única salida es que los que realmente quieren alzar la voz para gritar al mundo hay algo que va mal parece tomar la forma de la web 2.0. Los blogs son el perfecto instrumento para hacer periodismo de calidad, autofinanciado, pero de calidad (porque seguramente apenas nadie leerá lo que en ellos se escriba y de tal manera no se flirteará con un poder que sea capaz de corromper a nadie). Habrá que buscarse otro trabajo, pero es el precio que hay que pagar por hacer un buen trabajo. Para hacer cualquier cosa ya están otros.
De esta forma, a los que nos denominan “puristas del lenguaje” por el simple hecho de escandalizarnos cuando en la red vemos escrito un “haber” en lugar de un “a ver”, se nos abre un nuevo camino para hacer pervivir el espíritu periodístico, y aquellos a los que realmente el periodismo les da igual (la inmensa mayoría) se les puede seguir ofertando calidad de la mano de “periodistas estrella” que, en el mejor de los casos, se apellidan Esteban o Vázquez.
¿De qué nos vamos a sorprender a estas alturas? Hemos llegado a este punto porque realmente, actuando como masa, hemos decidido que no nos interesa el periodismo de calidad.

viernes, 5 de agosto de 2011

¿En qué país vivimos?

Se habla mucho de la Spanish Revolution, pero he de decir que no me queda claro en qué país vivimos ni dónde estamos haciendo la revolución realmente.


Al principio se nos comparó con Túnez al tomar la Puerta del Sol, como si de la Plaza Tahrir se tratase, para reivindicar un futuro más digno y equidad en el sistema, representación política real y la efectividad del Sistema de Bienestar.


Al mismo tiempo, los que eran más soñadores y quizás menos exaltados, nos compararon con Francia en Mayo del ´68, y ese símil nos encandiló tanto que empezamos a ver la playa bajo los adoquines de la calle Alcalá, aunque con el paso del tiempo nos dimos cuenta de que el mar lo formaba el azul de las lecheras. Igualmente la analogía a la francesa no hubiera tenido resultado, pues la deserción que supuso el verano de 1968 de La Sorbona no fue comparable al ahínco que se demostró tras el 22 de mayo en la luminiscencia madrileña.


Pasaron un par de meses y nuestra capital, que se supone vacía a mediados de verano, vio cómo el éxito de la Marcha Popular Indignada y la Manifestación del 19 de Junio reunía en sus calles a la friolera de 40.000 personas. En ese momento parecía estar claro que Sol había conseguido alumbrarnos de forma que fuésemos un movimiento que brillara con luz propia, ya no había hueco a comparaciones.


Sin embargo los días siguen pasando, y a mí me vienen a la mente diferentes países a los que nos asemejamos bastante, quizás con más objetividad que cuando nos hacían coincidir con Francia o con Túnez.


La libertad de expresión se está viendo minada en las calles de Madrid, derechos básicos como la libertad de reunión, la libertad de tránsito o la libertad de información se están socavando de forma que los medios que se supone han de actuar como mediadores sociales entre los ciudadanos y los políticos, se están viendo maniatados por las fuerzas opresoras de un sistema pseudo-fascista. Antes decíamos que los medios sólo informaban de lo que les resultaba fructífero para sus intereses, pero es que ahora la policía detiene a los periodistas de esos medios, y tenemos que soportar la aquiescencia del silencio, pues quien no conoce no lucha, y quien no lucha se conforma.


¿Recuerda alguien el Tíbet en 2008? ¿Alguien es capaz de recordar la situación del periodismo Chino durante los Juegos Olímpicos de Pekín? Pues los mismos que encontraron la mejor forma de criticar el legado de Mao utilizan ahora las armas de sus herederos para defender su inmunidad de estatus, y parece que a nadie se le ocurre hablar de represión informativa chinesca.


Sin embargo es quizás más atroz la otra comparación que se me ocurre a la situación que está viviendo ahora el centro de Madrid. ¿Recuerda alguien los juicios de Nuremberg? ¿Recuerda alguien cómo se defendían los militares nazis y los brigadistas de las SS ante las acusaciones de crímenes lesa humanidad? Intentaron alegar que ellos sólo obedecían órdenes, y que en determinados oficios uno no se puede plantear la moralidad de los actos, y tal alegato escandalizó al Mundo entero.


El pasado martes fui a entrar en la Puerta del Sol, pero más de 300 efectivos policiales blindaban los accesos y permitían el paso únicamente a las personas que aparentemente no eran disconformes con el sistema o simpatizantes del #15m. Al más puro estilo portero de discoteca iban escogiendo a los transehúntes y les decían "tú sí, tú no, ¿a ver? no, tú llevas cámara de vídeo, tú no, ¿y tú qué llevas? ¡Ah, bueno, bolsas de El Corte Inglés! Tú sí, pasa". Ante tal espectáculo, y conscientes de que las rastas y las camisetas por un Sáhara Libre eran impedimento para acceder, les preguntamos que si sólo se le permitía entrar a determinado estereotipo de personas, a lo que los policías respondieron que sí. Acto seguido, y visible ya nuestra indignación (perdón, quería decir RE-indignación) les preguntamos el por qué, a lo que uno respondió muy orgulloso: "Solo cumplimos órdenes, no nos las planteamos"