Se acerca el segundo aniversario del movimiento 15-M, y muchas son las valoraciones que de este bienio se publican estos días. Para sus detractores, ha perdido fuerza y se ha desvirtuado una iniciativa con alguna que otra idea buena pero un mal encauzamiento; para sus defensores, continúa un camino empedrado de obstáculos que ha ido consiguiendo alguna que otra meta.
Recuerdo nítidamente los días precedentes a aquel 15 de mayo de 2011, y recuerdo nítidamente los días posteriores. Algo más de un mes antes, el 7 de abril, Juventud Sin Futuro había convocado una manifestación cuyo lema principal era "Sin casa, sin curro, sin pensión, SIN MIEDO". Asistimos varios miles, y para lo que hasta entonces solían ser las protestas callejeras, podría decirse que estuvo muy concurrida. Como había sido jueves, la convocatoria para la manifestación del 15 de mayo, domingo, se planteaba con ilusión y con ganas, con la esperanza de copar las calles de Madrid gritando que este sistema cercenaba el futuro de muchos jóvenes, y que los jóvenes no estábamos de acuerdo.
La tarde del 15 de mayo de 2011 hacía un calor asfixiante, coleteaba la primavera dejando atisbar lo que iba a ser un caluroso verano de gran calado social. El ambiente era festivo, jovial, y los más sorprendente: muy, muy concurrido. La desesperanza que generaba el paro, la sobrecualificación laboral, la imposibilidad hipotecaria, el futuro limitado y todas las situaciones habituales que generaron la protesta, fue sustituida por la ilusión de quien cree estar haciendo algo grande, de quien sueña con ver más allá de las paredes sistémicas con las que se chocan nuestros anhelos, de quien es consciente de que esta sodomización institucional es colectiva.
Después de la marcha y la lectura del manifiesto, muchos de nosotros decidimos sentarnos en Sol a echar un rato. Recuerdo cómo vimos correr a una multitud calle Montera abajo, recuerdo el ruido de las pelotas de goma, recuerdo el pánico inexplicable que provocaron las fuerzas de seguridad del Estado en un día jovial y festivo. Recuerdo el moratón que tenía Aida en la pierna por una pelota de goma, recuerdo que Yoanna fue a la manifestación a hacer unas fotos para un trabajo (estudiaba periodismo) y que se despertó en un hospital con un porrazo en la cabeza... Se estaba metiendo al metro para irse a casa pero la policía pasaba por ahí. También recuerdo cómo, ante la incomprensión de la reacción desmedida que tuvieron los antidisturbios, hubo personas que decidieron quedarse en Sol a modo de protesta.
Recuerdo las imágenes de cómo les echaron de madrugada, recuerdo que volvieron, y que reiteraron su expulsión efectuándose alguna detención. Recuerdo cómo las redes sociales difundieron una concentración en Sol para el martes 17 de mayo, en solidaridad con los acampados frustrados, y recuerdo que cifraron la asistencia en unas 15.000 personas. Yo diría que el verdadero movimiento 15-M nació ese martes, cuando la gran multitud allí aglomerada se sorprendió, incluso, de ser tan multitudinaria, cuando realmente hervía el sentimiento de poder cambiar las cosas, de que era posible acelerar el rumbo de una revolución pacífica que hiciera real lo que nos estaban robando: el Estado de bienestar.
La gente empezó a organizarse, se crearon comisiones, los acampados se multiplicaron y los simpatizantes que no llegamos a acampar íbamos a Sol todas las tardes, así como un sinfín de personas de todas las edades que se acercaban para decir cosas como: "enhorabuena, yo no confiaba en la juventud y me habéis sorprendido", o "esto es el comienzo, esto es el comienzo". La fecha clave era el viernes 20 de mayo: a las 24:00 horas comenzaría la jornada de reflexión previa a las elecciones autonómicas del 22 de mayo de 2011, y cualquier propaganda o consigna política se consideraba ilegal en dicha jornada. Sin embargo, había convocada una concentración para esa hora, lo que suponía un órdago en toda regla al ministerio del Interior y a la Delegación del Gobierno de Madrid. La expectación era máxima.
Llegó el viernes, pasó la tarde -con más movimiento que los días anteriores- sin ningún altercado, cayó la noche y cada vez éramos más los allí reunidos. Se hicieron las 00:00, y de repente un silencio atronador barrió de punta a punta la Puerta del Sol de Madrid. Dicen que estábamos unas 30.000 personas, y yo, testigo, aseguro que todas estábamos en silencio, con las manos en alto moviendo las palmas en señal de protesta. Mis lágrimas de emoción no impidieron que vislumbrase muchas más lágrimas de emoción, el sentimiento que allí vivimos muchos es indescriptible, la sensación de estar cambiando el rumbo de un país era real.
Sin embargo, los críticos al movimiento no tardaron en aparecer, las marionetas del sistema no tardaron en acusar, los medios de comunicación lacayos no tardaron en difamar, las fuerzas de seguridad no tardaron en agredir, los partidos políticos no tardaron en sentir el miedo de la ciudadanía y, en definitiva, sobre el movimiento 15-M cayó la losa de la injuria y la descripción cobarde del que ve peligrar su estatus: de los miles de jóvenes que estuvimos allí protestando, de los miles de jóvenes que apoyaron esas protestas a lo largo de toda la geografía española y alrededor de todo el Mundo, se convirtió -mediáticamente- al 15-M en un movimiento sectario de perroflautas, piojosos y muertos de hambre.
Ahora, dos años después, se intenta deslegitimar al 15-M diciendo que no ha conseguido hacer nada en todo este tiempo. Independientemente de los logros constatables que se han alcanzado, no se debe olvidar lo más importante: el 15-M sembró el germen de la protesta ciudadana, el 15-M ayudó a perder el miedo, el 15-M recordó que democracia significa que el pueblo es soberano y, en definitiva, el 15-M abrió el camino para comprender que esto no es una crisis, es una estafa.
lunes, 13 de mayo de 2013
miércoles, 1 de mayo de 2013
Del Día del Trabajador al Día del Trabajo
Hoy, 1 de mayo, es el día Internacional de los Trabajadores. La festividad de este día se consiguió tras mucha lucha a partir de la Segunda Internacional Socialista, celebrada en París en 1889, cuando el movimiento obrero escalaba a nivel mundial y el reconocimiento de los derechos laborales comenzaba a ser imparable, cuando el proletariado decidió conmemorar en una fecha definida el trabajo diario que levantaba la economía de los países.
Hoy, 1 de mayo de 2013, el primer Trending Topic de Twitter ha sido "Feliz Día del Trabajo", el doodle de Google está dedicado a "el día del trabajo", y en los periódicos de tirada nacional se escribe sobre las manifestaciones del Primero de Mayo, día Internacional del Trabajo.
El Primero de Mayo ha pasado de llamarse día del trabajador a llamarse día del trabajo, y en este giro lingüístico se logran atisbar los ocultos intereses doctrinarios mediáticos, que esconden la trivialización del sudor de la frente y la banalización de una clase social, que otorgan insustancialidad a una fecha que más allá de representar una festividad, debería solemnizar el esfuerzo cotidiano que consigue levantar la economía mundial día tras día.
Decía Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda de la Alemania nazi, que "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad". Aunque no en el extremo que él situaba la frase, hay que reconocer que no le falta parte de razón: "una inexactitud repetida mil veces podría convertirse en una verdad". Así pues, o comenzamos a prestar atención a las palabras que definen nuestras festividades, o el Primero de Mayo acabará conmemorando a un ente abstruso que no representa a ningún colectivo social, que no solemniza a ningún esfuerzo diario, que no homenajea a ningún trabajador.
La instauración del Día de los Trabajadores en el día 1 de mayo no es algo trivial: se impuso para reconocer la lucha que unos 200.000 obreros llevaron a cabo el Primero de Mayo de 1886 en Chicago, lucha que vestida de huelga consiguió el reconocimiento de la jornada laboral de 8 horas.
Ahora es, quizás, el momento de reflexionar sobre esas personas que no tienen una jornada laboral de 8 horas, sobre las que hacen horas extras no remuneradas, o sobre las que a veces doblan ese límite legal sin ni siquiera derecho a réplica. Y después de confirmar que, en la actualidad, hay muchas personas que ya no saben lo que significa la jornada laboral de 8 horas (conquista social que se conmemora el Primero de Mayo), deberíamos detenernos en pensar que ya ni siquiera celebramos el Día del Trabajador, sino que celebramos el Día del Trabajo. ¿No habrá, de alguna manera, cierta conexión entre ambos hechos? Es para meditarlo.
Hoy, 1 de mayo de 2013, el primer Trending Topic de Twitter ha sido "Feliz Día del Trabajo", el doodle de Google está dedicado a "el día del trabajo", y en los periódicos de tirada nacional se escribe sobre las manifestaciones del Primero de Mayo, día Internacional del Trabajo.
El Primero de Mayo ha pasado de llamarse día del trabajador a llamarse día del trabajo, y en este giro lingüístico se logran atisbar los ocultos intereses doctrinarios mediáticos, que esconden la trivialización del sudor de la frente y la banalización de una clase social, que otorgan insustancialidad a una fecha que más allá de representar una festividad, debería solemnizar el esfuerzo cotidiano que consigue levantar la economía mundial día tras día.
Decía Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda de la Alemania nazi, que "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad". Aunque no en el extremo que él situaba la frase, hay que reconocer que no le falta parte de razón: "una inexactitud repetida mil veces podría convertirse en una verdad". Así pues, o comenzamos a prestar atención a las palabras que definen nuestras festividades, o el Primero de Mayo acabará conmemorando a un ente abstruso que no representa a ningún colectivo social, que no solemniza a ningún esfuerzo diario, que no homenajea a ningún trabajador.
La instauración del Día de los Trabajadores en el día 1 de mayo no es algo trivial: se impuso para reconocer la lucha que unos 200.000 obreros llevaron a cabo el Primero de Mayo de 1886 en Chicago, lucha que vestida de huelga consiguió el reconocimiento de la jornada laboral de 8 horas.
Ahora es, quizás, el momento de reflexionar sobre esas personas que no tienen una jornada laboral de 8 horas, sobre las que hacen horas extras no remuneradas, o sobre las que a veces doblan ese límite legal sin ni siquiera derecho a réplica. Y después de confirmar que, en la actualidad, hay muchas personas que ya no saben lo que significa la jornada laboral de 8 horas (conquista social que se conmemora el Primero de Mayo), deberíamos detenernos en pensar que ya ni siquiera celebramos el Día del Trabajador, sino que celebramos el Día del Trabajo. ¿No habrá, de alguna manera, cierta conexión entre ambos hechos? Es para meditarlo.
martes, 30 de abril de 2013
Me duele España
Vivo en un país donde más del 50% de los jóvenes no han encontrado su primer empleo, donde casi el 30% de la gente que quiere trabajar no puede, y donde mucha gente que encuentra empleo lo hace en la economía sumergida (es decir, sin garantías sociales o sanitarias).
Vivo en un país donde el antiguo presidente de la patronal está imputado por chanchullear con sus empresas, donde el actual vicepresidente está siendo investigado por (presuntamente, siempre presuntamente) pagar a sus trabajadores en negro -es decir, al margen de la ley y de la Seguridad Social- y donde el actual presidente quiere limitar el derecho a huelga. Vivo en un país donde los trabajadores se quejan más de los sindicatos que de la patronal.
Vivo en un país que supuestamente es una democracia (donde la separación de poderes debería ser efectiva), pero la justicia está cada vez más politizada y los poderes ejecutivo y legislativo se deciden en una sola votación, por lo que danzan al unísono. Vivo en una democracia donde los ciudadanos pretenden hacer una reforma legislativa de una ley decimonónica y se encuentran con la oposición de la casta política. Vivo en una democracia donde se criminaliza al manifestante y se indulta al torturador. Vivo en un país que en 35 años de democracia ha realizado el mismo número de referendos que una dictadura de 40 años: dos.
Vivo en un país donde la responsabilidad política no existe, donde el partido del Gobierno ganó las elecciones gracias a unas promesas que no ha cumplido, donde hay diputados que pueden oprobiar a diferentes colectivos sociales y seguir disfrutando de su escaño, donde se puede estar imputado por malversación de caudales públicos y no renunciar al cargo.
Vivo en un país -aconfesional- en el que si critico las políticas que lleva a cabo el Gobierno me mandan a Cuba o a Corea, pero si viene el Jefe de Estado del Vaticano no sólo se permite que critique las políticas del Gobierno español, sino que le pagamos el viaje.
Vivo en un país donde las peleas de gallos son delito pero las corridas de toros son arte, donde el botellón está prohibido pero las romerías son patrimonio cultural, donde "habría que limitar el derecho de manifestación" pero se puede cortar la Castellana para celebrar la liga, donde abortar niños con discapacidad es discriminación (en palabras del Ministro de Justicia) pero reducir la ayuda a la dependencia no es discriminación.
Podría seguir describiendo mi país, pero me estoy entristeciendo. Lo único que quiero resaltar son las palabras que un día pronunció Unamuno y hoy las siento como mías: me duele España. Me duele la indiferencia ciudadana ante la desvergüenza y los abusos políticos, empresariales y financieros. Me duele la desfachatez y el descaro con que se cometen esos abusos. Me duele la falta de consenso, el recurso del ataque y la excusa del oprobio. Me duele que valgan más los votos que los ciudadanos.
Ante todo, me duele el patriotismo equívoco: amar a tu país no es ensalzar lo que tienes, sino intentar mejorarlo. Amar a tu país no es centralizarlo, sino dar cabida a todos sus pueblos. Amar a tu país no es vanagloriar sus instituciones, sino trabajar para que sean eficaces y eficientes. Amar a tu país no es enaltecer una bandera o un himno, sino dar prioridad a las personas. No es más patriota el que más se define como tal, sino el que más hace por mejorar su país, y en este punto hay que admitir inexorablemente que en España hay mucho patriota de boquilla, o lo que en idioma del refranero español se resumiría: mucho lerele y poco larala.
martes, 2 de abril de 2013
¿Monarquía, república o sentido común?
Dice la Constitución española que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, y que de los actos del Rey serán responsables las personas que lo refrenden (es decir, el Presidente del Gobierno y, en su caso, los Ministros competentes). Eso lo dice el Título II de una Constitución que se creó, bajo la sombra del franquismo, con un deseo demócrata que blindó las instituciones para evitar posibles rupturas sistémicas. Pero han pasado más de 35 años desde su redacción, por lo que ahora es, quizás, el momento de revisar un texto obsoleto que legaliza la indecencia.
Son numerosos los escándalos que atenazan a la Casa Real: los negocios de Urdangarín, la posible implicación de la infanta Cristina en el caso Nóos, las cacerías del Rey en Botsuana mientras a España le persigue el fantasma del rescate, la ruptura no-oficial de los reyes de España y la inmersión en la familia de Corinna... y una cuenta millonaria en Suiza fruto de la herencia que Juan Carlos I recibió a la muerte de su padre. Es por eso que nos encontramos ante un momento de revisionismo institucional: quizás no estamos preparados para cambiar el modelo monárquico, pero sí deberíamos estarlo para modernizar la monarquía.
En España, históricamente, siempre ha habido un miedo atroz al cambio -especialmente al cambio progresista-, y ese miedo se encuadra en la gran paradoja nacional: el sentimiento de retraso respecto al resto del mundo occidental. Pese a creer que vivimos en un país que necesita actualizarse para alcanzar los niveles europeos, nos encerramos en la inmutabilidad del sistema y el temor a las modificaciones. Lamentablemente, esta paradoja nos confina a un círculo vicioso del que es muy difícil escapar, ya que es ese temor el que cercena cualquier posibilidad de avance.
Pese a ser republicana convencida, no voy a adentrarme en elogiar los beneficios de un cambio completo de sistema, pues creo que antes de plantear cualquier modelo alternativo habría de hacerse un llamamiento al sentido común, y ese sentido común nos conduce inevitablemente a una revisión institucional o, al menos, a un llamar a las cosas por su nombre.
Hace poco me dijeron que las personas somos dueñas de nuestros silencios pero presas de nuestras palabras, y el Rey, por mucho que sea constitucionalmente inviolable, es también persona y, por tanto, preso de sus palabras. En el discurso de Nochebuena del pasado año, Juan Carlos I dijo que se necesitaba rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos, y que las personas con responsabilidades públicas deberían tener un comportamiento ejemplar. También dijo que la justicia es igual para todos, y que cualquier actitud censurable debería ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley.
Mi reflexión y mi llamamiento al sentido común se centra en las palabras del monarca. Como ciudadanos que somos, debemos exigir que la Casa Real cumpla con las palabras de su máximo representante y, especialmente, debemos perder el miedo a señalar con el dedo las actuaciones censurables. Si la justicia es igual para todos, no hay mayor símbolo de ejemplaridad que pedir al juez de Nóos que impute a TODAS las personas que estén relacionadas en el caso. Si las personas públicas deberían tener un comportamiento ejemplar, debemos exigir que el dinero del Rey tribute en España. Y, ante todo y sobre todo, si las personas responsables de las actuaciones del Rey son el Presidente del Gobierno y sus Ministros -ya que Juan Carlos I es inviolable-, que sean ellos los que den la cara y tomen las decisiones pertinentes respecto a la Corona.
No olvidemos que fue el propio Ministro de Hacienda el que dijo "los que tienen que comparecer son los que tienen cuentas en Suiza", y no olvidemos que el Rey, por muy inviolable que sea, es una persona con responsabilidad pública (y, por tanto, debería tener un comportamiento ejemplar). Así pues, nuestro deber ciudadano es exigir que la ejemplaridad se demuestre con hechos y no con palabras, y perder el miedo a señalar con el dedo las actitudes ignominiosas; y si esas actitudes ignominiosas las lleva a cabo el Rey, que la justicia se haga efectiva y paguen por ellas las personas pertinentes. Ése es el único camino para conseguir que España sea realmente un Estado de Derecho.
Son numerosos los escándalos que atenazan a la Casa Real: los negocios de Urdangarín, la posible implicación de la infanta Cristina en el caso Nóos, las cacerías del Rey en Botsuana mientras a España le persigue el fantasma del rescate, la ruptura no-oficial de los reyes de España y la inmersión en la familia de Corinna... y una cuenta millonaria en Suiza fruto de la herencia que Juan Carlos I recibió a la muerte de su padre. Es por eso que nos encontramos ante un momento de revisionismo institucional: quizás no estamos preparados para cambiar el modelo monárquico, pero sí deberíamos estarlo para modernizar la monarquía.
En España, históricamente, siempre ha habido un miedo atroz al cambio -especialmente al cambio progresista-, y ese miedo se encuadra en la gran paradoja nacional: el sentimiento de retraso respecto al resto del mundo occidental. Pese a creer que vivimos en un país que necesita actualizarse para alcanzar los niveles europeos, nos encerramos en la inmutabilidad del sistema y el temor a las modificaciones. Lamentablemente, esta paradoja nos confina a un círculo vicioso del que es muy difícil escapar, ya que es ese temor el que cercena cualquier posibilidad de avance.
Pese a ser republicana convencida, no voy a adentrarme en elogiar los beneficios de un cambio completo de sistema, pues creo que antes de plantear cualquier modelo alternativo habría de hacerse un llamamiento al sentido común, y ese sentido común nos conduce inevitablemente a una revisión institucional o, al menos, a un llamar a las cosas por su nombre.
Hace poco me dijeron que las personas somos dueñas de nuestros silencios pero presas de nuestras palabras, y el Rey, por mucho que sea constitucionalmente inviolable, es también persona y, por tanto, preso de sus palabras. En el discurso de Nochebuena del pasado año, Juan Carlos I dijo que se necesitaba rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos, y que las personas con responsabilidades públicas deberían tener un comportamiento ejemplar. También dijo que la justicia es igual para todos, y que cualquier actitud censurable debería ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley.
Mi reflexión y mi llamamiento al sentido común se centra en las palabras del monarca. Como ciudadanos que somos, debemos exigir que la Casa Real cumpla con las palabras de su máximo representante y, especialmente, debemos perder el miedo a señalar con el dedo las actuaciones censurables. Si la justicia es igual para todos, no hay mayor símbolo de ejemplaridad que pedir al juez de Nóos que impute a TODAS las personas que estén relacionadas en el caso. Si las personas públicas deberían tener un comportamiento ejemplar, debemos exigir que el dinero del Rey tribute en España. Y, ante todo y sobre todo, si las personas responsables de las actuaciones del Rey son el Presidente del Gobierno y sus Ministros -ya que Juan Carlos I es inviolable-, que sean ellos los que den la cara y tomen las decisiones pertinentes respecto a la Corona.
No olvidemos que fue el propio Ministro de Hacienda el que dijo "los que tienen que comparecer son los que tienen cuentas en Suiza", y no olvidemos que el Rey, por muy inviolable que sea, es una persona con responsabilidad pública (y, por tanto, debería tener un comportamiento ejemplar). Así pues, nuestro deber ciudadano es exigir que la ejemplaridad se demuestre con hechos y no con palabras, y perder el miedo a señalar con el dedo las actitudes ignominiosas; y si esas actitudes ignominiosas las lleva a cabo el Rey, que la justicia se haga efectiva y paguen por ellas las personas pertinentes. Ése es el único camino para conseguir que España sea realmente un Estado de Derecho.
viernes, 8 de marzo de 2013
¿Feliz día de la mujer?
- A Malala le dolía la educación. Estudiante paquistaní y activista de los derechos de la mujer, fue tiroteada por un talibán al tomar un autobús de camino a la escuela. Rozó la muerte, y ahora le espera una vida de futuro incierto.
- A Amanat le dolía su feminidad. Estudiante india, fue violada y torturada por seis hombres en un autobús de Nueva Delhi. Probablemente dé nombre a una ley que endurezca las penas para este tipo de crímenes, que por lo visto son demasiado comunes en India.
- A Asha le dolían las piedras. Adolescente somalí, fue violada por tres de los hombres más poderosos de su pueblo, y tras ser acusada de adulterio murió lapidada.
- A Nadia le dolía la entrepierna. Mujer yemení, sufrió esta terrible práctica milenaria para que cuando se comprometiera conyugalmente, evitase cualquier tentación de marcharse con otro hombre.
- A Sihle le dolía el orgullo. Joven sudafricana, fue atacada por cinco hombres en un suburbio Ciudad del Cabo que, tras aplicarle una "violación correctiva", le clavaron una lanza que la condujo a la muerte. El motivo: era lesbiana.
- A Virginia le dolía el currículum. Profesora estadounidense, fue nombrada directora de un programa para minorías en la Universidad de Indiana. Fue recomendada para el cargo por su antecesor, un varón que cobraba 5.000 dólares más de sueldo.
- Al Parlamento Europeo le dolía la paridad. En el año 2009, el total de escaños se repartía entre un 69% de varones y un 31% de mujeres.
- A Mercedes le dolía la vergüenza ajena. Víctima española Tras más de una década sufriendo los malos tratos de su exmarido, tuvo que soportar cómo el diputado Toni Cantó decía que la mayoría de las denuncias por violencia de género son falsas -y los fiscales no las persiguen-.
- A María le duele la conciliación familiar. Española de "clase media", cuando llega de trabajar ayuda a su hijo a hacer los deberes, pone lavadoras, hace la comida y limpia la casa. Tiene suerte porque su marido colabora con las tareas del hogar: a veces friega los platos.
¿Feliz Día Internacional de la Mujer?
Feliz Día Internacional del cinismo. Gracias
- A Amanat le dolía su feminidad. Estudiante india, fue violada y torturada por seis hombres en un autobús de Nueva Delhi. Probablemente dé nombre a una ley que endurezca las penas para este tipo de crímenes, que por lo visto son demasiado comunes en India.
- A Asha le dolían las piedras. Adolescente somalí, fue violada por tres de los hombres más poderosos de su pueblo, y tras ser acusada de adulterio murió lapidada.
- A Nadia le dolía la entrepierna. Mujer yemení, sufrió esta terrible práctica milenaria para que cuando se comprometiera conyugalmente, evitase cualquier tentación de marcharse con otro hombre.
- A Sihle le dolía el orgullo. Joven sudafricana, fue atacada por cinco hombres en un suburbio Ciudad del Cabo que, tras aplicarle una "violación correctiva", le clavaron una lanza que la condujo a la muerte. El motivo: era lesbiana.
- A Virginia le dolía el currículum. Profesora estadounidense, fue nombrada directora de un programa para minorías en la Universidad de Indiana. Fue recomendada para el cargo por su antecesor, un varón que cobraba 5.000 dólares más de sueldo.
- Al Parlamento Europeo le dolía la paridad. En el año 2009, el total de escaños se repartía entre un 69% de varones y un 31% de mujeres.
- A Mercedes le dolía la vergüenza ajena. Víctima española Tras más de una década sufriendo los malos tratos de su exmarido, tuvo que soportar cómo el diputado Toni Cantó decía que la mayoría de las denuncias por violencia de género son falsas -y los fiscales no las persiguen-.
- A María le duele la conciliación familiar. Española de "clase media", cuando llega de trabajar ayuda a su hijo a hacer los deberes, pone lavadoras, hace la comida y limpia la casa. Tiene suerte porque su marido colabora con las tareas del hogar: a veces friega los platos.
¿Feliz Día Internacional de la Mujer?
Feliz Día Internacional del cinismo. Gracias
jueves, 10 de enero de 2013
¿Política o fútbol?
Recuerdo cuando empecé a navegar por la red social Twitter. Recuerdo cómo me escandalizaba ver el país patas arriba y que los llamados temas del momento girasen en torno al fútbol. Recuerdo la incomprensión que me despertaba ver cómo una falta de juego o un penalti no pitado desataban más iras que las políticas de desajuste, la limitación de derechos o la ampliación de deberes ciudadanos. Recuerdo cómo, también, había cosas del fútbol que no podía dejar pasar y hube de comentarlas, ante lo cual @Alvaro_Gut_Bo me hizo una inteligente pregunta: "¿Por qué criticas algo que después comentas?". Hace unos meses, mientras se disputaba la Eurocopa de fútbol, mi vecina Carmen también me decía no entender por qué alguien con tanta conciencia política se preocupaba tanto por ver jugar a la Selección española.
La supuesta incompatibilidad que parece existir entre el activismo político y la pasión por el fútbol parece extenderse más allá de mi caso personal, y más allá del momento actual: "Dadle pan y circo al pueblo para tenerlo entretenido" es una frase atribuida a emperadores romanos, de la que se extrae la conclusión de que, si los gobernantes llenan la barriga y ocupan el tiempo libre de los gobernados, la paz social está asegurada. Actualmente, se evitaría el anacronismo lingüístico cambiando "circo" por "fútbol", aunque, como dijo Shakespeare, "nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con el que se mira".
Creo que el problema de esta disyuntiva resulta de extrapolar dos conceptos independientes, que no son incompatibles, para convertirlos en rivales. Ni una persona tiene convicciones más firmes porque no le guste el fútbol, ni un aficionado del fútbol tiene por qué estar alienado. La confrontación viene de donde vienen la mayoría de los problemas sociales: de la falta de empatía y de los fundamentalismos. Quien solo piensa en fútbol y no le interesa el panorama político, está faltando a su deber como ciudadano; quien solo piensa en política y no deja hueco al desahogo intelectual -ni para él, ni para el resto-, está incurriendo en un tipo de fascismo.
La gran problemática que conlleva el mundo del fútbol no radica en que levante pasiones, pues que exista algo en lo que personas de diferente signo consigan unirse le otorga cierta calidad de grandeza; lo mismo que ocurre con el tenis, la Fórmula 1 o el baloncesto. El gran problema del fútbol es su utilización como narcótico, su empleo como distracción, su adscripción como separador de gentes y su mala praxis como empresa. Respecto al resto, nadie debería entrometerse en lo bueno o malo que es quedar con los amigos para ver un partido, puesto que a lo mejor, antes de ese partido, hemos ejercido nuestros derechos ciudadanos asistiendo a una manifestación -o a lo mejor no-.
La conclusión a la que quiero llegar es que no hay confundir las peras con las manzanas. Lo realmente malo no es que Cristiano Ronaldo cobre 1 millón de euros al mes, es que cotice como una enfermera. Lo realmente malo no es que los clubes de fútbol muevan millones, sino que no paguen el IRPF de los fichajes. Lo realmente malo no es que los jugadores del Barça hablen en catalán, es que ese hecho se utilice para politizar un deporte. Lo realmente malo no es que Esperanza Aguirre haga declaraciones comprometidas sobre fútbol, sino que haga uso de esas declaraciones para desviar la atención sobre su incumplimiento del déficit. Lo realmente malo no es que en Twitter se hable de fútbol, sino que el fútbol movilice más que los recortes sociales. Lo realmente malo, en definitiva, no es que el fútbol levante pasiones, sino que esas pasiones adormezcan el resto de nuestros sentidos.
La supuesta incompatibilidad que parece existir entre el activismo político y la pasión por el fútbol parece extenderse más allá de mi caso personal, y más allá del momento actual: "Dadle pan y circo al pueblo para tenerlo entretenido" es una frase atribuida a emperadores romanos, de la que se extrae la conclusión de que, si los gobernantes llenan la barriga y ocupan el tiempo libre de los gobernados, la paz social está asegurada. Actualmente, se evitaría el anacronismo lingüístico cambiando "circo" por "fútbol", aunque, como dijo Shakespeare, "nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con el que se mira".
Creo que el problema de esta disyuntiva resulta de extrapolar dos conceptos independientes, que no son incompatibles, para convertirlos en rivales. Ni una persona tiene convicciones más firmes porque no le guste el fútbol, ni un aficionado del fútbol tiene por qué estar alienado. La confrontación viene de donde vienen la mayoría de los problemas sociales: de la falta de empatía y de los fundamentalismos. Quien solo piensa en fútbol y no le interesa el panorama político, está faltando a su deber como ciudadano; quien solo piensa en política y no deja hueco al desahogo intelectual -ni para él, ni para el resto-, está incurriendo en un tipo de fascismo.
La gran problemática que conlleva el mundo del fútbol no radica en que levante pasiones, pues que exista algo en lo que personas de diferente signo consigan unirse le otorga cierta calidad de grandeza; lo mismo que ocurre con el tenis, la Fórmula 1 o el baloncesto. El gran problema del fútbol es su utilización como narcótico, su empleo como distracción, su adscripción como separador de gentes y su mala praxis como empresa. Respecto al resto, nadie debería entrometerse en lo bueno o malo que es quedar con los amigos para ver un partido, puesto que a lo mejor, antes de ese partido, hemos ejercido nuestros derechos ciudadanos asistiendo a una manifestación -o a lo mejor no-.
La conclusión a la que quiero llegar es que no hay confundir las peras con las manzanas. Lo realmente malo no es que Cristiano Ronaldo cobre 1 millón de euros al mes, es que cotice como una enfermera. Lo realmente malo no es que los clubes de fútbol muevan millones, sino que no paguen el IRPF de los fichajes. Lo realmente malo no es que los jugadores del Barça hablen en catalán, es que ese hecho se utilice para politizar un deporte. Lo realmente malo no es que Esperanza Aguirre haga declaraciones comprometidas sobre fútbol, sino que haga uso de esas declaraciones para desviar la atención sobre su incumplimiento del déficit. Lo realmente malo no es que en Twitter se hable de fútbol, sino que el fútbol movilice más que los recortes sociales. Lo realmente malo, en definitiva, no es que el fútbol levante pasiones, sino que esas pasiones adormezcan el resto de nuestros sentidos.
martes, 8 de enero de 2013
Nace el Partido X. El partido del futuro
Ha nacido una nueva iniciativa política con vistas a mejorar las relaciones de las instituciones con los ciudadanos: el Partido X, que trata de alejar la idea de diputado como chupóptero de la sociedad para acercarla a la de "empleado público electo para el bien común"; y cuyo programa político es claro: "democracia y punto".
El principio del partido es que los ciudadanos, mediante Iniciativas Legislativas Populares y referéndums vinculantes, vayan elaborando las leyes que han de regir el devenir de nuestros días. La idea es buena, demasiado aparatosa en lo que a burocracia se refiere, pero buena.
Asentado en cuatro pilares básicos: referéndum vinculante y obligatorio, WikiGobierno (elaboración de legislación participativa y transparente), derecho a voto real y permanente, y transparencia; el Partido X parece nacer con la máxima de eliminar la no-definición democrática que copa las reivindicaciones sociales: "lo llaman democracia y no lo es".
Teniendo en cuenta que en la supuesta democracia española se han realizado los mismos referendos que en la pasada dictadura o en la llamada Transición (es decir, dos por cada periodo), es plausible admitir que España de democrática tiene poco. Y teniendo en cuenta el malestar que genera el asentamiento oligarca de la clase política en entramados empresariales y relaciones más económicas que encauzadas a la consecución del bien común, quizás esta nueva propuesta hace atisbar algo de luz al final del túnel.
Hace año y medio, cuando el #15M revolucionó la conciencia social de España y a los que, en mayor o menor medida, nos vimos involucrados en el movimiento nos hizo replantear la necesidad de regeneración política de nuestro país, la consciencia de un hartazgo político bloqueó cualquier intento de crear una formación con vistas a introducirse en el Parlamento. Sin embargo, el común deseo de cambios pacíficos -que chocan con los ideales revolucionarios- y la inoperancia a la que el ciudadano medio se ve abocado, hacen obligatoria la creación de un partido político para llevar a cabo las reformas que tanto anhelamos.
La Historia demuestra que se puede cambiar el sistema desde dentro, poco a poco y sin fracturas traumáticas, por lo que la noticia de la creación de un nuevo partido encaminado a ello se me antoja oportuna y excelsa. Esperemos que este proyecto avance con las mismas buenas intenciones con que parece haber nacido, pues el camino será duro tanto por las trabas que ha de encontrar, como por la fragilidad de pensamiento que condena el atisbo de poder.
Os dejo el enlace de la página, para los curiosos que quieran darse una vuelta por esta utopía
http://partidodelfuturo.net/
El principio del partido es que los ciudadanos, mediante Iniciativas Legislativas Populares y referéndums vinculantes, vayan elaborando las leyes que han de regir el devenir de nuestros días. La idea es buena, demasiado aparatosa en lo que a burocracia se refiere, pero buena.
Asentado en cuatro pilares básicos: referéndum vinculante y obligatorio, WikiGobierno (elaboración de legislación participativa y transparente), derecho a voto real y permanente, y transparencia; el Partido X parece nacer con la máxima de eliminar la no-definición democrática que copa las reivindicaciones sociales: "lo llaman democracia y no lo es".
Teniendo en cuenta que en la supuesta democracia española se han realizado los mismos referendos que en la pasada dictadura o en la llamada Transición (es decir, dos por cada periodo), es plausible admitir que España de democrática tiene poco. Y teniendo en cuenta el malestar que genera el asentamiento oligarca de la clase política en entramados empresariales y relaciones más económicas que encauzadas a la consecución del bien común, quizás esta nueva propuesta hace atisbar algo de luz al final del túnel.
Hace año y medio, cuando el #15M revolucionó la conciencia social de España y a los que, en mayor o menor medida, nos vimos involucrados en el movimiento nos hizo replantear la necesidad de regeneración política de nuestro país, la consciencia de un hartazgo político bloqueó cualquier intento de crear una formación con vistas a introducirse en el Parlamento. Sin embargo, el común deseo de cambios pacíficos -que chocan con los ideales revolucionarios- y la inoperancia a la que el ciudadano medio se ve abocado, hacen obligatoria la creación de un partido político para llevar a cabo las reformas que tanto anhelamos.
La Historia demuestra que se puede cambiar el sistema desde dentro, poco a poco y sin fracturas traumáticas, por lo que la noticia de la creación de un nuevo partido encaminado a ello se me antoja oportuna y excelsa. Esperemos que este proyecto avance con las mismas buenas intenciones con que parece haber nacido, pues el camino será duro tanto por las trabas que ha de encontrar, como por la fragilidad de pensamiento que condena el atisbo de poder.
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